Los habitantes de Quebrada Seca, en Caraballeda, denuncian un estado de abandono crónico que se ha prolongado por más de dos décadas, desde la devastadora tragedia de Vargas en 1999. A pesar de las promesas reiteradas de las autoridades y los proyectos anunciados, la comunidad sigue enfrentando una serie de problemas básicos que afectan su calidad de vida.
Entre las principales dificultades que aquejan a los residentes se encuentran el incumplimiento del embaulamiento del río, el deterioro de las vías de acceso, la falta de agua potable y la ausencia en los mapas oficiales. «Aquí nada funciona como debería», afirma un vecino, quien describe las calles en pésimas condiciones y el suministro de agua contaminada a través de las tuberías.
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La comunidad siente que ha sido invisibilizada y olvidada por las autoridades. «Es como si no existiéramos, pues nos dicen que ni siquiera aparecemos en el mapa», comentó Ronald Gutiérrez lamentando la falta de reconocimiento y apoyo a sus necesidades. A pesar de que han surgido iniciativas para mejorar la situación, estas han quedado solo en el papel, sin concretarse.
La tragedia de 1999 dejó profundas marcas en Quebrada Seca. Muchas viviendas resultaron dañadas o destruidas por los deslizamientos de tierra, y aún hoy se pueden observar los vestigios de aquella catástrofe, con casas tapiadas y grandes rocas que evidencian la fuerza de la naturaleza. A pesar de los años transcurridos, la comunidad sigue luchando por recuperarse y superar las secuelas de aquel evento.
Se estima que más de 200 familias habitan en Quebrada Seca, muchas de ellas nativas del lugar. Sin embargo, otros llegaron tras la tragedia, ocupando viviendas abandonadas. «Algunos somos propietarios y seguimos cuidando nuestras casas, a pesar de las condiciones», concluye Gutiérrez.
