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El arte ancestral de las máscaras de los Diablos Danzantes de Naiguatá: Un lienzo de fe y tradición

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A pocos días de que el repique de campanas anuncie la llegada de Corpus Christi, el pueblo de Naiguatá se alista para una de sus más grandes festividades. El próximo 18 y 19 de junio, las calles de esta comunidad costera se llenarán de color, ritmo y una fe inquebrantable, cuando los emblemáticos Diablos Danzantes de Naiguatá tomen las calles para rendir tributo al Santísimo Sacramento.

Esta tradición, más que un simple baile, es un profundo acto de devoción y un legado que pasa de generación en generación, donde cada elemento y cada paso, cuenta una historia de promesa y sacrificio. El agua bendita, el imponente campanario, las cruces que guían el camino, los trajes vibrantes y las cintas ondeantes son piezas esenciales de este ritual ancestral. Pero es la máscara, sin duda, el elemento más icónico y personal. Su elaboración es un arte que requiere dedicación y una conexión espiritual profunda.

Deybis Merentes: uno de los artistas detrás de las máscaras

Deybis Merentes, con 32 años en la compañía de los Diablos Danzantes, es uno de los maestros artesanos detrás de estas fascinantes caretas. Con 20 años y medio dedicados a su confección, refuerzo y pintura, Deybis no solo crea objetos, sino que moldea promesas y materializa la fe.

«La elaboración de las máscaras tiene mucho significado, muchas cosas,» comparte Deibys, cuya participación en la danza a menudo se debe a promesas por la salud personal y familiar. «Uno empieza con el alambrado, es la imaginación del danzante que cobra vida. Se plasman animales terrestres o marinos, es como si la máscara te hablara y te dijera qué forma quiere tener.»

Durante esta época, Deybis transforma su casa en un verdadero taller, rodeado de pinturas y materiales esenciales como pego, alambres y otros insumos clave para la elaboración de las máscaras.

La vestimenta de los Diablos de Naiguatá también posee un simbolismo único. Sus pantalones largos y camisas, adornados con círculos y rayas, no son un mero detalle estético. «Es para evitar que el demonio se confunda», explica Deybis, transmitiendo las enseñanzas de los «danzantes viejos». A diferencia de otras cofradías, los Diablos de Naiguatá se distinguen por sus máscaras multicolores, una explosión de tonalidades que los hace únicos. «Aquí las máscaras son multicolores… nos hace ver diferente a ellos, muy, muy diferente», comenta.

El proceso de creación de una máscara es una odisea que puede extenderse por días. Desde el moldeado inicial con alambre, pasando por el meticuloso refuerzo con una pasta de maicena y papel reciclado, hasta la aplicación de la base blanca y, finalmente, la explosión cromática. «Cada año, la imaginación es diferente, un colorido distinto».

Merentes afirma que algunas de sus máscaras, auténticas joyas, han danzado por más de 15 años, adaptándose y renovándose con el tiempo.

Un legado familiar impulsado por la devoción

La tradición en Naiguatá es un asunto de familia, y los Merentes son un claro ejemplo de ello. Fabricio Merentes, de 81 años y padre de Deybis, es miembro de la Sociedad del Santísimo Sacramento, la otra columna vertebral de esta celebración. Aunque sus roles son distintos, ambas cofradías trabajan en perfecta sintonía para dar vida a las festividades.

«Los muchachos se preparan, elaboran sus trajes y sus máscaras para los días del Santísimo,» relata Fabricio. La Sociedad del Santísimo coordina con los Diablos Danzantes, asegurando que cada detalle honre la tradición. Una característica distintiva de los Diablos de Naiguatá es su rito fuera de la iglesia, a diferencia de otras cofradías que ingresan al templo. «Las puertas están cerradas porque el diablo no puede presentarse al Santísimo. Los promeseros hacen su sacrificio arrodillándose desde la cruz de la iglesia hasta la puerta,» detalla Fabricio, subrayando la profunda devoción que impregna cada acción de los danzantes.

Para Fabricio, esta tradición es una herencia invaluable. Desde 1969, ha sido un pilar de la Sociedad del Santísimo y, con orgullo, ha visto a sus hijos y ahora a sus nietas seguir sus pasos. Un detalle crucial que Fabricio siempre ha mantenido es que sus hijos deben haber recibido la Primera Comunión antes de convertirse en danzantes. «Todos bailan, todos hacen su manifestación», afirma con emoción, consciente de la importancia de este legado.

Deybis, cuyas hijas de 10 y 4 años ya participan en la danza, siente una inmensa satisfacción al ver la continuidad de la tradición en su propia familia. «Me encanta elaborar las máscaras porque me concentro buscando qué le puedo hacer, y ahí viene la imaginación», expresa. Reconoce en su hermana mayor, también una ex danzante, a su principal mentora en este arte ancestral.

Mientras Naiguatá se prepara para recibir a cientos de visitantes y creyentes este 18 y 19 de junio, la familia Merentes, junto a toda la comunidad de Diablos Danzantes, hace un llamado a las nuevas generaciones a unirse a esta manifestación. No es solo bailar, es «hacerlo de corazón, de tradición, de devoción, porque esto es una devoción grande al Santísimo Sacramento, lo más alto que hay en el mundo entero». Un legado de fe, arte y comunidad que se renueva cada año en el vibrante Corpus Christi de Naiguatá.

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