Con 65 años y más de cuatro décadas en Catia La Mar, Jorge Gutiérrez, oriundo de los Valles del Tuy, ha forjado un legado familiar, desde su modesto puesto rodante de bebidas refrescantes, ha logrado financiar, vaso a vaso, la educación universitaria de sus hijos.
Prueba de ello es uno de sus hijos, quien ahora es un profesional graduado de la Universidad Marítima del Caribe, un logro que Jorge atribuye directamente a la constancia de su esfuerzo. Aunque sus hijos, incluso los que residen en Colombia, lo apoyan económicamente y le sugieren que disfrute de un merecido descanso, Jorge se niega a abandonar su trabajo.
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«Me siento admirable, tengo 65 años. Mientras me sienta en condiciones, continuaré trabajando hasta que llegue a los setenta y pico, no sé. Con este oficio he sacado a mi familia adelante, gracias a Dios», expresa Jorge.
A pesar de su edad, el residente del urbanismo Hugo Chávez en Playa Grande goza de buena salud. «No tengo enfermedad, gracias a Dios. Soy una persona sana, no fui adicto, no fumo, no tengo vicio», asegura.
Jorge cuenta que trabaja en las adyacencias del Balneario de Catia La Mar desde hace al menos treinta años consecutivos, aunque su recorrido como vendedor ambulante es mucho más extenso. Con lucidez, recuerda que ya estaba ejerciendo su oficio mucho antes de los sucesos de 1999.
El sabor de la tradición
Sus productos, tradicionales y refrescantes, siguen siendo accesibles para todos los bolsillos: el papelón con limón pequeño se vende a cuarenta bolívares, y el grande a un dólar. Jorge admite que los precios se han ajustado ante la fluctuación del dólar y el alza de los insumos, pero se esfuerza por mantener opciones económicas para su clientela.




