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Javier Serrano: Entre cintas de colores y el sueño de edificar un mundo mejor

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«Cuando no tengo clase, salgo a la calle a vender lazos para ayudar a mis padres», afirma Javier Serrano con una sencillez que conmueve. Su historia es un ejemplo desgarrador pero profundamente inspirador: a sus 14 años, este estudiante del Liceo Gustavo Olivares Bosque de Las Tunitas en Catia La Mar, ha decidido desafiar la crisis por el motor más puro que existe: el amor a su familia.

Desde el pasado diciembre, este joven guerrero oriundo de La Esperanza no conoce el descanso. Aprovecha cada minuto libre para vender las creaciones de su madre, transformando cintas de colores en el sustento vital para sus padres, sus abuelos y sus pequeños hermanos, Ricardo, Raquel y Rachel. Al ver que el negocio de su padre decaía, Javier no se amilanó y decidió tomar las riendas de su destino, convirtiéndose en el apoyo incondicional que su hogar necesitaba.

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Sin embargo, su mirada está puesta mucho más allá de las aceras de Maiquetía. Tras la mercancía que ofrece con humildad, se esconde el alma de un futuro arquitecto. «Hago esto por mis padres. Mi sueño es estudiar y tener un empleo profesional para no depender de la calle. No es lo que me gusta hacer, pero es lo que debo hacer por amor», confiesa con una madurez.

Un corazón que construye esperanza

La nobleza de Javier no se limita a su círculo familiar; su altruismo es universal. En su corazón late el deseo de bendecir a los más desfavorecidos a través de su futura profesión. Su meta no es solo construir edificios, sino hogares para quienes no tienen nada.

“Me gustaría estudiar arquitectura para construir viviendas y ayudar a la gente necesitada. En Venezuela debemos ser colaboradores; esa es la palabra clave. Hay que apoyar a los familiares y a todo aquel que lo necesite, porque uno nunca sabe cuándo será uno quien necesite una mano amiga. Así como nosotros hemos contado con personas que nos dan su apoyo, tenemos el deber de retribuirlo”, reflexiona.

Calidad humana en cada venta

El éxito de Javier en las calles no se debe únicamente al accesible precio de sus lazos (350 Bs.), sino a su excepcional calidad humana. Posee una inteligencia emocional sorprendente: frente a la indecisión o el mal humor de algún transeúnte, él responde siempre con una sonrisa y una propuesta creativa. Su capacidad para detectar la timidez en una clienta y ofrecerle una palabra de aliento refleja la esencia de un joven que entiende el respeto y la empatía como la base de cualquier interacción.

Para Javier, el trabajo no es una carga pesada, sino la oportunidad de honrar las enseñanzas de su hogar. Con el brillo de la admiración en los ojos, habla de su progenitor como su mayor referente: “Mi padre es un ser brillante; él me enseñó que estamos aquí para servir y que lo más importante es ayudar al prójimo”.

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