A sus 61 años, William Díaz no conoce el descanso. Mientras muchos esperan el retiro, él se despierta cada día con una misión clara: recorrer Tanaguarena, Naiguatá o Las Salinas en busca del fruto que mantiene a los suyos. Para él, el mango es más que una fruta; es el pilar que sostiene su hogar en la comunidad de La Soublette.
Tras la pérdida de sus padres, William se convirtió en el principal apoyo de su hermana, sus dos sobrinas y un hermano mayor. «Con esto mantengo a mi familia», afirma con la seguridad de quien ha convertido el comercio informal en una profesión digna.
Su reciente Semana Santa fue una prueba de fuego. Venía de una rehabilitación forzosa tras caer de un árbol de mango, accidente que lo mantuvo un mes con yeso. Sin embargo, apenas recuperó la movilidad, regresó a las playas. «En la casa me enfermo, necesito estar activo», confiesa mientras ofrece mangos aliñados, tetas de café y dulces tradicionales.
Durante el asueto, su jornada comenzaba a las siete de la mañana y se extendía hasta pasadas las seis de la tarde. En un buen día reúne entre 7 y 10 dólares, ganancia que administra con precisión para cubrir los gastos básicos de su familia.
William habla con propiedad de las variedades de la fruta y asegura que cada tipo —hilacha, bocado o piña— tiene su propio «truquito» para ser preparado. Su constancia es tal que, al terminar su jornada en la playa, coloca una mesa frente a su casa, cerca del liceo Narciso Gonell, donde los vecinos saben que encontrarán mangos frescos todo el año.
Su historia no es solo la de un vendedor de mangos; es el relato de un hombre que, a pesar de las caídas y las dificultades, elige levantarse cada mañana para demostrar que la voluntad es el recurso más valioso de un trabajador.




