En el corazón histórico de La Guaira, reside Clemente Ramírez, un hombre de origen dominicano cuya vida se ha entrelazado, puntada a puntada, con la historia de esta tierra venezolana durante los últimos 45 años. Su taller de costura, un espacio impregnado de la dedicación y la sabiduría que otorgan los años de oficio, es mucho más que un lugar de trabajo; es el epicentro de una crónica de hermandad, esfuerzo constante y un profundo arraigo a una nación que lo acogió como a un hijo.
Clemente, llegó a Venezuela en 1980, siguiendo la huella de su hermano, Carlos Julio Ramírez (a quien recuerda con cariño tras su fallecimiento hace cinco años). Aquel viaje, motivado por una promesa de futuro y un fuerte lazo fraternal, marcó el inicio de una nueva etapa en su vida. «Mi hermano se vino en el 74. Y como mi hermano y yo siempre, él es dominicano y yo también, siempre en la isla, siempre tuvimos esa conexión. Entonces un día me dijo, mi hermano, te necesito allá porque me iban a dar un taller», rememora con nostalgia. La visión de prosperar juntos, impulsada por el espíritu emprendedor de su hermano, fue el motor que lo impulsó a dejar su natal.

Desde aquel entonces, la aguja y el hilo se convirtieron en sus herramientas de vida. En su modesto taller, Clemente Ramírez ha sido testigo y protagonista de innumerables historias, enfrentando los desafíos con la misma dedicación con la que une cada pieza de tela. «He estado trabajando humildemente, he pasado las verdes, las maduras. Más que todo las maduras las pasamos bien. Estamos entreverdosas, pero vamos para adelante. Estamos trabajando, nos cae un ruedito, un trabajito». Su perseverancia y optimismo son el sello distintivo de su carácter.
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A pesar del paso del tiempo, la pasión por la costura sigue viva en sus manos expertas. «Como estamos ya medio viejos, pues lo tenemos que inventar», comenta con una sonrisa pícara, reflejando la creatividad que lo ha mantenido vigente en un oficio en constante evolución. Ya sea un simple ruedo o la confección de una prenda completa, Clemente recibe cada encargo con la misma esmero. «Si la hace yo hago, por ejemplo, mire esta blusa que estamos haciendo aquí ahorita. Una blusita de dama. Y así, un pantaloncito, una camisa, sí. Pues sí, ¿no? Estamos aquí a la orden para cualquier cosa».
Venezuela no solo le brindó un sustento, sino también un hogar y una familia. Aquí conoció a su esposa, una guaireña con quien formó un hogar y tuvo a su único hijo. «Y nos gustó Venezuela, el trato, la familia, la gente, muchas cosas con nosotros», expresa con gratitud. Recuerda con cariño las interacciones con los venezolanos, la curiosidad por su acento caribeño y la calidez con la que siempre lo han tratado.
La receptividad de la comunidad de La Guaira ha sido especialmente significativa para Clemente. «Demasiado buena, demasiado buena, demasiado buena. Los guaireños, este es mi regalo. La Guaira es la Guaira. La gente aquí es muy amable, la gente es buena. Es como mi familia». expresa demostrando el profundo arraigo que ha desarrollado en estas tierras.
La partida de su hermano, Carlos Julio Ramírez, dejó un vacío irremplazable, pero su legado como el motor de su llegada a Venezuela perdura en su memoria. A pesar de la distancia y las dificultades económicas que le impiden regresar a su tierra natal desde hace ocho años, Clemente mantiene vivos los lazos con su familia en República Dominicana a través del recuerdo y el afecto.
En los tiempos recientes, la situación económica del país ha presentado nuevos desafíos, pero Clemente los enfrenta con la misma resiliencia que lo ha caracterizado a lo largo de su vida. Agradece la fidelidad de sus clientes y el apoyo que recibe de la comunidad. Tras la tragedia que afectó a la región, encontró un nuevo hogar en Arrecife, desde donde continúa su labor diaria en su taller.
Su espíritu generoso también se ha manifestado a lo largo de los años, especialmente con aquellos que más lo necesitaban. Recuerda cómo solía recolectar ropa que sus clientes dejaban en su taller para enviarla a jóvenes que atravesaban por situaciones difíciles.
Hoy, la meta de Clemente Ramírez es continuar dedicado a su oficio en La Guaira mientras la salud y la voluntad de Dios se lo permitan. «Estar aquí haciendo algo hasta que… Hasta que yo quiera… y que tenga de fuerza y voluntad para estar con mi familia». Su aspiración no es la riqueza, sino la tranquilidad de poder cubrir sus necesidades básicas. Agradece también el apoyo que recibe a través de un «bonito» del gobierno, que complementa sus ingresos.
Con la humildad de un hombre que ha construido su vida con esfuerzo y dedicación, Clemente Ramírez sigue abriendo las puertas de su taller cada día, el modesto espacio, atesora los instrumentos esenciales de su oficio: una antigua máquina de coser, testigo silenciosa de innumerables proyectos, junto a un sinfín de hilos de colores, agujas de diversos tamaños y tijeras afiladas, compañeras inseparables de su labor diaria.
«Estamos aquí a la orden, cualquier cosa, alguien que quiera que le acomode alguna ropita, alguna cosa, yo estoy aquí a la orden». Ramírez es un ejemplo inspirador de cómo un dominicano encontró en La Guaira no solo un oficio, sino un hogar y una comunidad que lo ha adoptado como propio, así una hermosa y perdurable historia de vida.