En el litoral central venezolano aún resuenan las voces de quienes sobrevivieron a la tragedia de Vargas, en el año 1999, un desastre natural que marcó profundamente la vida de miles de familias. Luego de 26 años, los sobrevivientes de este catástrofe aún reflejan el dolor, la pérdida y una inquebrantable resiliencia que les permite seguir adelante sin olvidar lo vivido.
Ailemys Camacho habitante del Sector Las Piedras, en el Pueblo de Caraballeda, recuerda con claridad los momentos de angustia vividos junto a su familia: “Sí viví la tragedia de 1999 con mi familia. Gracias a Dios, todo bien, no hubo muertes en mi familia, pero sí fue lo más duro que me tocó fue ver tantas personar haberse ido”.

Relata cómo fueron evacuados de su casa y llevados a la iglesia de Los Corales, donde presenció escenas de desesperación: “Mi esposo vino luego de haberse movido a nuestra casa y cuando llegó le pregunté ¿Qué Pasa? me dijo, pensé que el río me iba a llevar. En ese momento el río vino y se llevó a la mamá y al hermano del padre”. Entre lágrimas, “El niño salió corriendo con los dos, yo le grité y se paró justo cuando el río pasó. Si no le grito, el río se lo hubiera llevado”.

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Amada Benítez de Regalado, residente de Quebrada Seca, también revive la dureza de aquellos días: “Fue muy duro, hubo mucha pérdida humana y material. A mí me sacaron y me botaron en Lara, allá duré varios años”. Señaló que hubo pérdidas materiales sufridas en su familia: “La casa de mi hija quedó destruida, no la había estrenado todavía. Aquí se metieron y robaron todo, las cosas eléctricas, la ropa, las cortinas nuevecitas”.
Agradece no haber perdido familiares directos: “Gracias a Dios y la Virgen, no perdí familiares, pero aquí sí los Martínez perdieron casi toda su familia, el río se los llevó”, comentó.

Por su parte, Héctor Luis Palma Molina, con 41 años viviendo en Quebrada Seca, describe la magnitud del desastre: “Eso fue lluvia, tras lluvia. Aquí hubo aproximadamente como 30 personas muertas, algunas desaparecieron y otras se consiguieron después”.
Explicó que la población quedó devastada: “El 70% de las casas se perdió. Esto era una población muy bonita”. A pesar de las pérdidas materiales, mantiene firme su esperanza: “La fe en Dios es lo que nos fortalece. Lo material no importa, lo que importa es lo personal. Eso va y viene”. Con orgullo señala la recuperación de su vivienda: “La casa se desbarató, pero la recuperé, y aquí estoy, gracias a Dios, adelante”.




