El sol aún no despuntaba en el horizonte cuando Joiker Rojas ya estaba en marcha. Desde Punta de Mulatos, con su carrito cargado de helados, iniciaba su recorrido diario hacia el Casco Histórico de La Guaira. Un trayecto que no solo busca refrescar a los transeúntes, sino también asegurar el sustento de su familia.
Joiker, un joven emprendedor de espíritu inquebrantable, ha convertido su pasión por los helados en un negocio familiar. «Heladería Joikely», un nombre que resuena con orgullo en cada esquina que visita. Y no es para menos, pues detrás de cada helado de coco, guanábana o parchita, se esconde una historia de sobrevivencia.
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«De mi trabajo dependen mi esposa, mi hijo e hija. Gracias a Dios me va bien con mi heladería», comenta Joiker, con una sonrisa en su rostro. Su jornada no es fácil, pero su determinación es más fuerte que cualquier obstáculo. Si la primera vuelta no da los frutos esperados, Joiker no se rinde. Vuelve a intentarlo, una y otra vez, hasta alcanzar su meta.
Joiker ha trabajado desde joven, y aunque lamenta no haber tenido la oportunidad de estudiar, no deja que el pasado lo detenga. «Les digo a los muchachos de hoy en día, que están jugando FREE FIRE, que esto es una mala maña, tienen que estudiar, agarrar un librito y estudiar», aconseja.
La tradición heladera corre por sus venas. Su padre, con más de 33 años vendiendo en la playa, le transmitió el amor por este oficio. Y Joiker, con su carisma y la calidad de sus productos, ha sabido ganarse corazones.
Sus helados, a un precio accesible de 40 Bs. cada uno, o dos por 70 Bs., son un deleite para el paladar. Pero lo que realmente los hace especiales, según Joiker, es el amor y cariño que les pone. «Estoy con Dios, y le doy amor y cariño a lo que hago», afirma.






