En las calles de La Guaira camina un hombre que mide el tiempo en puntadas y el valor en durabilidad. Su nombre es Gilmer Enrique Moncayo, un maestro artesano que, tras 39 años de trayectoria ininterrumpida, se ha convertido en el guardián de un estilo que se niega a desaparecer.
La historia de Gilmer comenzó a los 15 años en el estado Trujillo, donde sus manos descubrieron por primera vez la textura del cuero. Desde entonces, no ha soltado la lezna. «En altas y bajas, nunca he interrumpido mi profesión», afirma con la seguridad de quien ha dedicado 54 años de vida a perfeccionar un oficio que es, a la vez, arte y utilidad.
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Hace más de una década, sus diseños no solo vestían a los venezolanos, sino que cruzaban el Caribe. Como diseñador para la reconocida Lameo Store en Curazao, sus piezas llegaron a vitrinas en Aruba y Holanda, forjando una reputación de calidad internacional que hoy ofrece con orgullo en su tierra.
El arte de lo auténtico
Radicado actualmente en la urbanización Vista Caribe, Catia La Mar, Moncayo mantiene vivo un proceso que parece de otra época. Sus sandalias y bolsos no salen de una línea de montaje, sino de un esfuerzo manual que puede tomar días.
«Una sandalia te puede llevar 4 horas de trabajo intenso, pero los bolsos requieren más dedicación por el tejido hecho a mano», explica.
Para Gilmer, el secreto está en los materiales: cuero de baqueta de primera, piel de chivo natural y suelas antirresbalantes.
Ante la escasez de insumos, su creatividad no se detiene; incluso prepara sus propias pinturas para garantizar que el acabado final sea una pieza «para toda la vida».
Un puente entre generaciones
El mayor desafío de Gilmer no es la fabricación, sino la memoria. «Nuestra generación sabe lo que es este producto, pero muchos adolescentes no lo conocen porque los artesanos se han ido del país», reflexiona con nostalgia pero con determinación. Él se mantiene «en la lucha», siendo uno de los pocos exponentes que quedan de una tradición que antes florecía en Mérida, Trujillo y Puerto La Cruz.
Hoy, es común encontrar Moncayo los viernes y sábados en Maiquetía y los domingos recorriendo las playas, buscando clientes que valoren lo hecho a mano. Sus piezas son más que calzado: son el legado de un hombre que decidió quedarse para que la calidad artesanal no sea solo un recuerdo del pasado.




